Todos los grandes guerreros han tenido una inspiración. Algo
por lo que luchar. Algo por lo que pensar. Algo por lo que, al fin y al cabo,
seguir vivo. Esa guerra es plasmar en cada golpe, cada espadazo, cada lanzazo
lo que piensas. Colocas un estacazo tras otro, elaborando una realidad
inventada en la que solo una cosa es cierta: tu verdad. Y en esa verdad entra
ella (o él). La persona que te gustaría ser, la persona a la que no te gustaría
parecerte o la persona a la que amas. Este último, posiblemente, el más
recurrido. De repente llega el día en el que encuentras la inspiración, tienes
armas, tienes intención, te sobra valor, pero no tienes un motivo para volver a
casa. En esa misma batalla caerás derrotado. ¿Fracaso? No, sonará a tópico, pero
no has perdido la guerra, solo una batalla. No fracasa el que pierde una
batalla, fracasa el que se rinde tras ser derrotado en la misma.
Jorge Manrique y Guiomar de Castañeda. Dante y Beatriz.
Petrarca y Laura. Garcilaso e Isabel Freire. Antonio Machado y Leonor Izquierdo.
Lope de Vega y Marta de Nevares. Edgar Allan Poe y Virginia Clemm. Espronceda y
Teresa Mancha. Bécquer y Julia Espín o Casta Esteban. He aquí un largo listado
de musas por las que vivir. Una cantidad de damas por las que luchar cada día.
¿Cuál será la mía? ¿Por qué estoy luchando en este momento? ¿Dónde está mi
motivación?