Microinfarto producido por el ruido explosivo del
despertador del móvil gritando una canción de Alexa Dixon. Acto seguido decido
que prefiero seguir un rato más en la cama pero me equivoco de botón y aprieto
el de rechazar. Son las 9 menos cuarto y me despierto sobresaltado, esta vez
porque mi compañero de piso sube las persianas del salón como si hubiese fuego
en la casa y quisiese salvar su vida saltando por la ventana. Miro rápido la
hora y descubro que se me acaba el tiempo. Me levanto casi tan rápido como el
ataque de una King cobra. Corro hasta la cocina para beberme un vaso de leche y
coger 4 o 5 galletas para desayunar. Mi compañero se ríe y me dice que se pensó
que estaba enfermo, por esa razón, decidió no llamarme. Me visto rápido, con lo
primero que encuentro, en este caso, el chándal de la promoción de mi carrera:
una sudadera blanca, tan blanca que casi hace daño mirarla directamente, con el
escudo de mi universidad a la izquierda, a la derecha la marca del textil en
cuestión y por detrás en letras doradas, mayúsculas y grandes: CAFYD SALAMANCA.
Cojo mi mochila y un par de bolsas de basura de la cocina, que se van
olvidando día a día tirarlas al contenedor. Siempre he pensado que los vecinos
creen que tenemos el síndrome de Diógenes. A las 9 menos 10, salimos de casa
dirección la facultad, al llegar, nos acomodamos en nuestras sillas y mesas y
saco un cuaderno con los exteriores de plástico translucido azul. Busco la
asignatura que tenemos las dos primeras horas de la mañana, orientación
educativa y tutoría. Tanta prisa para esta porquería. 15 minutos más adelante,
una compañera de clase viene gritando y chillando como una loca (como en
Atenas cuando un escuálido hombre vestido con una túnica roída azul que le
llegaba hasta los pies, pelos grises y alborotados, gritaba que el cielo caería
sobre sus cabezas) que la profesora de la asignatura que iba a impartirse esas
dos primeras horas de la mañana, no vendría a clase por un problema de salud.
Enfadados, muchos compañeros se fueron a sus casas.

Tres amigos y yo, decidimos ir a “salas bajas”, un complejo
deportivo, para jugar al tenis de mesa, yo perdí 4 partidos y gané tres… he
tenido días mejores en pin pon. Tras esto, vimos la hora, nos quedaban tan solo
10 minutos para llegar a clase, corrimos lo que pudimos hasta llegar, y
llegamos sofocados y sudando, la primera broma nada más entrar en clase:
¡CAMACHO!
Ahora… metodología de la investigación, un coñazo como otro
cualquiera; aburrida, una chica de inteligencia artificial como yo las llamo,
suelta un gemido orgásmico que produce las carcajadas de los 30 alumnos que
quedaban en clase, el profesor quedó en silencio con una sonrisa de medio lado,
mirando desafiante a la chiquilla, que sonrojada exclamó: ¡PUEDE CONTINUAR!
Tras esto, inglés, esa materia odiada por muchos, amada por
algún que otro caso extraordinario. El profesor, un hombre grande, con camisa a
rayas y perilla completa, con gran pronunciación inglesa, y en español… parece
que se ha comido un canario, suelta muchas plumas y se le cae la mano. Un
compañero que vivió un año en Estados Unidos y sabe perfectamente inglés, hace
los ejercicios de los parásitos, sin embargo, los suyos los hace mal, con la
razón de que el profesor encuentre en él una progresión que, en realidad, no existe.
Después una hora de la asignatura “practicum”. Sorprendido,
observo como esas 30 personas que quedaban en clase salen de ella con su
chaqueta y su mochila/carpeta y pregunto al último de la fila que esperaba
entusiasmado que llegase su turno para salir de ese secuestro legal, la razón
de esa escapada masiva. ¿Su respuesta? La profesora nos había dado la hora
libre para poder acercarnos a algún instituto y firmar la solicitud de centro
de prácticas.
Cabreados por el desastroso día, mi compañero y yo, volvemos
a casa. Hacemos la comida y damos buen uso de los cubiertos. Mientras comemos,
nuestro nuevo compañero de piso, contempla con estupor uno de esos programas de
citas. Esos programas que como relata “1984” producen un mundo gris, sin
individuos pensantes, ni seres inteligentes. Cabreado termino de comer y
enciendo mi portátil, le echo un vistazo a las redes sociales y veo que el
mundo va en picado, cada vez la gente piensa menos y, sin embargo… actúa más.
Indignado, llamo a un compañero para quedar y jugar a
baloncesto. Poder desintoxicarme un poco, conseguimos hacer un grupo de al
menos 8 personas para ir a jugar a las siete de la tarde al pabellón de nuestra
facultad. Distraído, a las seis menos cuarto cojo la ropa y me acerco al
pabellón, cavilando que ya era la hora. Al llegar a la cancha, observo con
admiración que alguien se nos ha adelantado… las categorías inferiores del Club
Baloncesto Tormes estaban entrenando en esa misma pista, así que pregunté hasta
que hora estarían allí, respondiéndome el entrenador, un hombre corpulento
acompañado de una chica que bien valdría para una revista de cosméticos, que
estarán hasta las ocho, estupefacto, oteé el reloj descubriendo que me había
equivocado de hora. Llamé a mi amigo y decidimos ir a jugar a las canchas de
“nicar”. Unas pistas de cemento. Techadas.
A las siete en punto, estábamos allí, mi amigo y yo,
esperando al resto de compañeros. A los cinco minutos llegó otro y, a los
quince, otros dos . No apareció nadie más, así que jugamos con otros tres chicos
que allí llevaban un rato jugando.
A las ocho y media pasadas llego a casa, me afeito, que ya
parecía el doctor Bacterio, me ducho y meto en la lavadora la equipación sudada
de jugar. Enciendo el ordenador y me pongo a hacer lo mejor del día, no, no es
escribiros a vosotros, estimados lectores. O ¿tal vez si?