lunes, 10 de octubre de 2016

EN BUSCA DEL TESORO. CAPITULO 3: LA FELICIDAD DE LAS NIÑAS

     Llegaron hasta el rio, se sentaron bajo un árbol y cuando recuperaron 
el aliento Sheila preguntó: 
          -¿Lo encontraste? Creo que no ¿verdad? No veo ningún tesoro. 
          -No- Dijo Ana recuperando todavía el habla y sacando algo del bol-
            sillo continuó hablando-bueno pero encontré otro pergamino. 
          -A ver ¡Ábrelo Ana por favor!- Dijo Sheila muy excitada ayudando
            a Ana a desenrollarlo. 
          -Espera, hay algo escrito, vamos a ver que dice- dijo y carraspeando
            se dispuso a leer –“mirar en el mapa, la Cascada de Plata, veréis de-
            trás de ella una cueva no muy profunda a la que se llega por un ca-
            mino de piedras, ¡Arregláoslas para encontrar la entrada y cuando 
            ya estéis dentro, seguid leyendo el pergamino. 
          -Sheila, se hace tarde, debemos irnos a casa. 
          -No ¿Cómo vamos a dejar la búsqueda ahora?- contestó Sheila -aho-
            ra soy yo la que no quiero dejar de buscar, y ahora te toca a ti hacer
            por mí un esfuerzo. 
          -Pero nuestros padres se asustarán. 
          -Espera-dijo Sheila y metiendo dos dedos en la boca, dio un silbido 
            de competición. Ana casi salta de susto, el perro de Sheila, Eliel, 
            venía corriendo como una bala. 
           -¿Qué estás pensando? 
           -Arranca un trozo que no esté escrito del 1º pergamino-Dijo Sheila-
            siempre llevo un lapicero en el bolsillo, me trae suerte je je. 
           -¿Pero a mis padres como los avisaremos?
           -Le diremos a los míos que llegaremos tarde y que tengo una nueva
            amiga, que avisen a sus padres. ¿Dónde vives Ana? 
           -Pues somos vecinas, Sheila, así que no les costará mucho encontrar 
             mi casa, vivo justo frente a tu hermosa casa.
     Sheila escribió la nota y añadió: "no os preocupéis, iremos cuando termi-
nemos, esto es importante para nosotras” Después se la puso en el collar a 
Eliel y le dijo: 
           -Llévasela a mamá. 
     Como ya habían descansado lo suficiente, se fueron corriendo hacia la
cascada. Llegaron y al final de un camino, se veía la Cascada como ponía
en el pergamino. 
           -Allí a lo lejos- dijo Ana 
           -Si, aquí hay un camino. 
           -Y tiene muchas piedras. 
           -¡Corre!, ¡vamos! -dijeron las dos a dúo.
     Era un camino un poco difícil de pasar, pero lo lograron, La Cascada 
era enorme y preciosa. Quedaron asombrados de lo bonita que estaba, La 
luz entraba a través de la cortina de agua, parecía que los colores que había
detrás del agua, como el verde de la hierba, el rosa, rojo y violeta de las flo-
res, eran colores del agua pintados con acuarela.ana pensó que podría estar
horas mirando tanta belleza. Detrás de las niñas, estaba la cuevecita, más pa-
recía un hueco en la pared que una cueva realmente. A la izquierda del hue-
co había unas escaleras muy antiguas, muy pequeñas que parecían de caracol.
Siguieron leyendo y decía así. -“Subid por ellas con mucho cuidado y cuando 
lleguéis seguir leyendo” 
           -Vamos.-dijo Ana.
     Intentó subir un pie pero por su peso, se rompió el escalón. 
           -Fíjate bien Ana, no hace falta subir por esta escalera tan peligrosa, la 
             cruz roja esta en esta otra parte del rio. Sheila se quito el vestido y le 
             dijo a Ana que la atara con una cuerda (otra gran casualidad) y des-
             pués el otro extremo lo atara a un árbol. 
           -Menos mal que en Paraguay siempre tenemos calor-dijo Sheila, mien-
             tras se metía en el agua. 
     Se les hizo muy fácil, en unos segundos Sheila salió a la superficie con un 
cofre. Ana le ayudo a salir del agua tirando de la cuerda. Estaban tan emocio-
nadas que no atinaban a abrirlo. Al fin Ana encontró una piedra plana y peque-
ña con la que dio dos vueltas a la cerradura, y sonó un ¡click! Con los dedos, 
levantó la cerradura y… ¡Era otro pergamino! Sheila lo cogió con dedos ner-
viosos. 
           -Léelo Sheila.-dijo impaciente Ana 
           -Dice así: “lo encontrasteis, tenéis que estar muy felices, el tesoro es: 
            VUESTRA AMISTAD, no es como los de los cuentos no tiene joyas,
            es mucho más valioso, más importante, os habéis hecho muy amigas 
            y eso es lo que vale, es el mayor de los tesoros” Y de repente una voz,
            unas risas se oyeron a lo lejos y decían: 
           -Y que… ¿lo habéis pasado muy bien? 
           -¡Mamá!- Dijeron las dos juntas-¡Papá!-Repitieron a la vez. Detrás de
             una gran roca, salieron riendo los 4 padres, las niñas vieron que el pa-
             pá de Ana llevaba una gran piel de oso en los brazos, en seguida enten-
             dieron que él se había disfrazado de gran oso. Entre risas les explica-
             ron que eran antiguos amigos, que habían organizado todo para que se
             conocieran y fueran amigas, y que habían disfrutado viéndolas pues las
             habían seguido de cerca, pero habían pasado mal rato cuando Ana quiso
             subir por aquella vieja escalera y estuvieron a punto de desvelar la broma, 
             luego todo salió bien. Y así nació una bonita amistad que fue el mayor te-
             soro que tuvieron aquellas dos niñas.