Hace un día precioso. El sol brilla como cualquier día de
agosto. Solo dos pequeñas nubes en el cielo que recuerdan al de los dibujos
animados de los Simpson. A lo lejos un brillo plateado con forma de pájaro
dejando una pequeña estela detrás. A cada lado de las fronteras de tu camino un
bloque de edificios. Y de frente más camino por hacer. Viento constante de tres
kilómetros por hora, rachas de cuatro.
De pronto, un vendaval azota con premeditación y alevosía mi
espalda. Y empieza a aparecer gente corriendo por doquier. Miro al cielo; esas
2 pequeñas nubes blanquecinas han desaparecido. Se acerca un enorme mantón de
manila blanco, gris y negro. Y descarga sin piedad una granizada con auténticas
piedras de hielo del tamaño de una pelota de pin pon.
A lo lejos un portal. Mi destino. El fruto del camino, de mi
trabajo y esfuerzo. Cinco metros a mi izquierda un coche azul celeste se para y
al grito de: “¡¿Quieres que te acerque a algún sitio?!” Hace plantearme el por
qué del resto de mi camino. ¿Será absolutamente necesario? Solo el propio
camino lo dirá. Así que le respondí con voz serena y potente: ¡Sube! ¡Que te
llevo!