domingo, 11 de agosto de 2013

¡Sube que te llevo!

Hace un día precioso. El sol brilla como cualquier día de agosto. Solo dos pequeñas nubes en el cielo que recuerdan al de los dibujos animados de los Simpson. A lo lejos un brillo plateado con forma de pájaro dejando una pequeña estela detrás. A cada lado de las fronteras de tu camino un bloque de edificios. Y de frente más camino por hacer. Viento constante de tres kilómetros por hora, rachas de cuatro.
De pronto, un vendaval azota con premeditación y alevosía mi espalda. Y empieza a aparecer gente corriendo por doquier. Miro al cielo; esas 2 pequeñas nubes blanquecinas han desaparecido. Se acerca un enorme mantón de manila blanco, gris y negro. Y descarga sin piedad una granizada con auténticas piedras de hielo del tamaño de una pelota de pin pon.

A lo lejos un portal. Mi destino. El fruto del camino, de mi trabajo y esfuerzo. Cinco metros a mi izquierda un coche azul celeste se para y al grito de: “¡¿Quieres que te acerque a algún sitio?!” Hace plantearme el por qué del resto de mi camino. ¿Será absolutamente necesario? Solo el propio camino lo dirá. Así que le respondí con voz serena y potente: ¡Sube! ¡Que te llevo!