Un montón de hombres pintados de azul bañan de sangre esas
enormes figuras que crecen hacia el cielo. Como si quisieran alcanzar a Dios.
Sus cabezas por arte de magia, culpa de un cuchillo sin afilar y un hombre que
decidió una vez que en el mes 12 del año 2012 el mundo llegaría a su final,
ruedan escaleras abajo como si fuesen un balón de futbol pateado por un niño
bajando el Alpe d’ Huez…
Ese año temido. Ese año maya. Año de sobresaltos,
desilusiones, caídas y levantamientos de cabeza. Ese año en el que tan pronto
te encuentras en el alto de esa figura donde una vez aquel hombre cogía un
corazón enseñándolo al cielo con la esperanza de que el sol se calmara; como te
encuentras en ese foso rodeado de gente azul. Sin embargo, justo antes de que
ese cuchillo alcance tu manchado pecho azul, el sol decide que no quiere más
corazones, y tú consigues zafarte de una muerte segura, bajas por tu propio pie
de lo que a partir de ahora no verás nunca más como un monumento sino como un
monstruo. Un monstruo que estuvo a punto de acabar con tu vida. Un monstruo que
hace apenas unas horas vislumbrabas aturdido, debido a la luz cegadora del sol.
Como un niño en navidad. Un paleto en Nueva York. O un conejo en la carretera
cuando le das las largas… Hasta que llegó el día en el que te tocó luchar y en
un abrir y cerrar de ojos pasas de ser un hombre azul a un hombre con un
penacho enorme. Pasas de estar a punto de ser sacrificado, a acabar con la vida
de una persona, una persona azul, que también se cegó un día con esa maravilla
antigua. Tras este vil asesinato, ese penacho te quita toda la importancia que
te daba la mañana en que te lo pusieron; sin embargo, horas más tarde, esos
rayos dorados, con una luz azul (como los hombres sacrificados), te hace ver
que no hiciste tan mal, que si no era sacrificada esa persona, el dios con
cabeza de águila se vengaría y el sacrificado, esta vez sí, sería yo.

