lunes, 12 de noviembre de 2012

Rojo y verde



Chispeante, saltan gotas de fuego escapando de la masa vulgar de la llamarada. Huyendo hacia la hierba que aun húmeda intenta secarla. Acabar con ese color vivo que lleva dentro de sí por culpa de esa biomolécula que le permite hacer la fotosíntesis. Y a punto de ser aniquilada, esa hoja desnuda pierde ese color verde característico, para encontrarse con un amarillo que en décimas de segundo pasa de un negro a otro, debido al calor desprendido por la chispa. Perdiendo el azul y el naranja al mismo tiempo que la vida. Mientras el rosa y el celeste producido en la luna del atardecer, se transforma en gris.