Chispeante, saltan gotas de fuego escapando de la masa vulgar
de la llamarada. Huyendo hacia la hierba que aun húmeda intenta secarla. Acabar
con ese color vivo que lleva dentro de sí por culpa de esa biomolécula que le
permite hacer la fotosíntesis. Y a punto de ser aniquilada, esa hoja desnuda
pierde ese color verde característico, para encontrarse con un amarillo que en
décimas de segundo pasa de un negro a otro, debido al calor desprendido por la
chispa. Perdiendo el azul y el naranja al mismo tiempo que la vida. Mientras el
rosa y el celeste producido en la luna del atardecer, se transforma en gris.

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